Humo es un ensayo fotográfico sobre la resiliencia del olivo y la conexión con lo sagrado. En los campos de olivos en Italia, específicamente en la región de Lacio, en un pueblo en la montaña llamado Civitella de Licenza donde el tiempo parece detenerse. Durante los meses de invierno, participé en una residencia de creación artística llamada LaVALLE – Residenza Internazionale di Ricerca Artistica, organizado por el colectivo L’Aquila Reale: Centro d’Arte e Natura di Civitella di Licenza, en el Valle Dell’Aniene. En enero y febrero de 2024, me adentré en las plantaciones de olivos. Enfocada en la antigua práctica de la quema de las podas, buscaba capturar los humos que se elevaban desde los campos en la montaña.
Inicialmente, mi objetivo era observar los humos de las podas de olivos para investigar el valor simbólico y la conexión entre el humo y el olivo, y develar la poesía visual de los humos que se elevan hacia el cielo. Con el tiempo, mi relación con los agricultores me llevó a descubrir las problemáticas locales, lo cual transformó el significado de estas columnas de humo en el paisaje, resignificando sus mensajes. Así, mi enfoque se amplió, destacando el legado de la tradición y el significado simbólico tanto del humo como del olivo.
Llegué a Italia en invierno, cuando el frío se hacía sentir con fuerza. Civitella es un pequeño pueblo de habitantes amables y ancianos, cuyas casas medievales guardan historias tan antiguas como las piedras que las sostienen. Fui en búsqueda del olivo, árbol milenario cuyas hojas, en esta época estival, brillan verde plateado en el paisaje. Este nuevo hogar se transformó en una cápsula del tiempo, una ventana hacia épocas remotas.
Los primeros días, entre soplos helados, me adentré en este paisaje de montes, aguas y selvas neblinosas, acogida por el clima gris y la escasa luz. Civitella en invierno se siente como vivir dentro de una nube fría. Aquí encontré a los cuervos, pájaros de una sabiduría oscura y oculta. Con sus cantos roncos y sus vuelos, los cuervos se convirtieron en mis compañeros de camino, mensajeros al igual que los humos que fui a buscar. El invierno no solo traía el frío, sino también la introspección y el recogimiento, un tiempo para mirar hacia adentro. En Civitella, vivíamos en comunión con la naturaleza.
Parte esencial del proceso fue caminar y recorrer los campos. Practicar la deriva, caminar sin rumbo fijo, me permitió conectarme intuitivamente con el paisaje y descubrir lo inesperado de mi entorno. Caminar me dio una perspectiva más amplia de este territorio natural, tan cargado de historia. A medida que descendía por sus senderos, las ideas fluían con gran caudal, y al escalar desde el punto más bajo hacia la cumbre, notaba que cuanto más subía, más escasas se volvían las palabras. En la cima de Civitella, reinaba un completo silencio, solo interrumpido por las campanas de su iglesia. La montaña puede ser objeto de una experiencia visionaria.
El 21 de enero se celebró la fiesta de San Sebastiano junto a San Fabiano, momento que marcó un punto de inflexión en mi residencia. Participé primero en los preparativos de la fiesta, decorando junto a la comunidad la iglesia con guirnaldas de laurel y compartiendo luego con las mujeres que preparaban la comida. Durante la festividad, al atardecer, el pueblo se llenó de cantos de mujeres y de antorchas, un desfile de luces y voces que recorrió las calles, iluminando las sombras de sus callejones. Al final, se prendió un gran fuego en honor a los santos, un fuego que ardió como un corazón colectivo, significando purificación y renovación. Este fuego fue el catalizador que me permitió conectar con los agricultores, y en ese círculo, encontré una comunidad.
A partir de ese momento, comencé a trabajar con Pino, Mario, Gigino y Bruno, agricultores que me recibieron con calidez y generosidad para aprender sobre su vida, de la poda de los árboles, de la quema agrícola, y sobre los distintos árboles o plantas que de sus campos o huertas aparecían. La poda es una tarea que es más que un simple corte, es un acto de cuidado, una guía silenciosa hacia el sol, un ritual de mantenimiento y cariño hacia los árboles. Mientras trabajábamos, ellos me compartían fragmentos de sus vidas. Hablaban de sus familias, de encuentros con criaturas del bosque, y de su relación con la tierra y la vida de campo. Estos momentos de intercambio fueron muy valiosos, no solo para mi investigación, sino para generar un lazo genuino entre nosotros.
Cantamos, yo tarareaba las melodías que se cantan en Chile, y fuimos encontrando una armonía, una conexión en medio del campo. En ese acto de cortar y quemar, de transformar y renacer, levantamos columnas de humo como parte del trabajo y esa columnas se convirtieron en espacios de conversación y de encuentro.
El olivo es un árbol con una historia rica y cargada de mitología, símbolo de paz en diversas culturas. Representa resistencia y resiliencia, conocido por su capacidad para sobrevivir en condiciones adversas, representando fortaleza y perseverancia. En Palestina, lugar de origen de este árbol sagrado, el olivo es un elemento de resistencia frente a la ocupación y al genocidio presente. Es un árbol muy longevo.
Además, el olivo es símbolo de fertilidad y prosperidad. El aceite de oliva y las ramas de olivo se emplean en rituales de varias culturas, evocando la limpieza espiritual. Gracias a su capacidad para regenerarse, el olivo también representa esperanza y renacimiento, incluso después de ser cortado. Todos estos significados muestran su importancia en la cultura, la religión y la historia humana.
Esta reverencia por la tierra y la naturaleza resuena también en la poesía de Gabriela Mistral, como en en su poema «La Tierra», donde celebra la conexión entre los seres humanos y la naturaleza, una conexión que busco capturar a través de mis fotografías del olivo y el humo.
En su Diccionario de símbolos, Juan Eduardo Cirlot presenta al humo como la antítesis del barro, una alegoría de la transitoriedad e impermanencia. Según Cirlot, opera como un canal de comunicación entre lo material y lo inmaterial, estableciéndose como un puente entre el cielo y la tierra, como el eje valle montaña. El humo que se eleva hacia el cielo es una metáfora de la ascensión y la espiritualidad, una manifestación visible de lo intangible. En muchos folclores se le atribuyen cualidades mágicas y beneficiosas, capaces de remover y ahuyentar los males que afectan a personas, animales y plantas. Estas columnas se dan como el recorrido de la hoguera hacia su propia sublimación, representando el alma separada del cuerpo. Cirlot nos invita a considerar cómo el humo, en su ascenso, trasciende lo mundano y se convierte en un vehículo de conexión con lo sagrado.
Aniela Jaffe describe el humo como un símbolo de transición y transformación. Para Jaffe es un elemento purificador en diversas ceremonias, siendo un medio de comunicación con los dioses y los ancestros, representando la ofrenda y la transformación. El acto de quemar plantas nativas para purgar y conectar con lo divino es un rito, utilizando salvia y cedro para limpiar nuestro cuerpo, elevando oraciones en trances como humos. Estas ceremonias, transmitidas de generación en generación, preservan la conexión entre humanos y naturaleza. En los Andes, el sahumerio se convierte en un puente hacia los Apus, espíritus guardianes de las montañas. Con coca y mirra ardiendo, el humo se eleva, llevando ruegos y agradecimientos a la Madre Tierra y al Padre Sol. Este ritual es acompañado de cantos y bailes, reflejando la devoción a las fuerzas naturales. Las palabras son resguardadas por las comunidades que las practican.
El humo, al que desde textos antiguos se le atribuyen dichas cualidades, contrasta con el imaginario contemporáneo de este elemento, marcado por los inmensos incendios forestales que son producto del calentamiento global o de la avaricia en el uso de la tierra, también lo vemos en conflictos territoriales y en guerras. Hoy, detrás del humo negro, encontramos la muerte y la violencia. Es por esto, que este ensayo fotográfico, busca resignificar y explorar estas complejas relaciones entre las personas, los antiguos símbolos y saberes y la naturaleza, así como las tensiones sociales y políticas asociadas con el humo y la producción de olivos.
Pienso que hoy, son tiempos para volver a visitar los mitos, para refundarlos. Como refiere la artista inglesa Tacita Dean en su trabajo sobre los paisajes y el tiempo, hay una resonancia en los elementos naturales que narran historias de resistencia y transformación.
Por otra parte, Gaston Bachelard aborda la representación del humo en su libro La llama de una vela. En este trabajo, Bachelard explora la poética de los elementos y fenómenos cotidianos, incluyendo el humo que emana de una vela, el autor describe el humo como un emblema de la transitoriedad y la volatilidad. Para él, el humo representa la fragilidad y la fugacidad de los sueños y los pensamientos, un elemento etéreo que se eleva y se desvanece en el aire, reflejando lo efímero de la existencia y la imaginación humana, iluminando la poesía que reside en los pequeños detalles de la vida diaria.
Los campesinos, herederos de tradiciones milenarias, consideran el fuego como una herramienta para la limpieza y renovación de la tierra. Este ciclo de trabajo refleja una conexión entre el agricultor y la naturaleza. Como escribe Jorge Teillier en su poema «Para un poeta antiguo» la vida campesina está marcada por la unión con la tierra y con la nostalgia que evoca la esencia de la vida rural.
En nuestras conversaciones en los campos de olivos, me di cuenta de que la continuidad de las costumbres es uno de los temas más urgentes entre los agricultores, y esa urgencia se tornó parte elemental de mi investigación. «Yo aprendí de mis abuelos, ellos de los suyos. Hoy en día, ni mi hijo ni los hijos de otros vecinos están interesados en los árboles; sus preocupaciones están en otra parte lejos de esta tierra. No vienen, no saben cómo cuidarlos. Conmigo, mis árboles y su historia mueren», me contaba Gigino. Esta transmisión intergeneracional es crucial no solo para la agricultura, sino también para la identidad cultural y la memoria colectiva de las comunidades.
El desafío de transmitir conocimientos entre generaciones no es único de la agricultura del olivo; es un problema que enfrenta toda la agricultura. Existe la amenaza latente de perderse si las nuevas generaciones no se interesan o no se sienten conectadas con las prácticas y oficios antiguos. Esta desconexión genera un vacío no solo en el conocimiento técnico, sino también en la comprensión profunda y espiritual de la relación entre los seres humanos y la naturaleza.
Por otra parte, en los campos de olivos comprendí la metáfora del margen y la fortaleza. Pino, un agricultor de Civitella, me mostró un olivo con su interior hueco, explicando por qué el tronco viejo del olivo queda vacío. A diferencia de otros árboles, los brotes del olivo no surgen desde el centro, sino cerca de la corteza exterior. Con cada año que pasa, el interior del olivo se seca hasta quedar vacío. Sin embargo, el árbol continúa produciendo nuevos brotes, y el tronco seco sirve de soporte para estos nuevos crecimientos, permitiéndoles elevarse alto sobre el suelo. El nuevo brote asciende con fuerza, impulsado por la savia, pero para continuar su crecimiento y alcanzar la luz, debe apoyarse en la vieja cepa. Este margen no representa un obstáculo, sino más bien un apoyo desde donde crecer hacia la luz. Esta estructura del olivo, donde el nuevo crecimiento depende del margen, ejemplifica para mí un modelo de vida que realza el margen y vacía el centro hegemónico.
Esto resuena en mis fotografías, donde el humo de los olivos no solo representa la paz y la comunicación del cielo con la tierra, sino las amenazas contemporáneas y el significado de la pérdida, la muerte.
Mis fotografías buscan capturar esa esencia, mostrando cómo estas columnas tan hipnóticas como efímeras, que tanto me conmueven, son al mismo tiempo un testimonio de prácticas antiguas y un reflejo de los conflictos actuales.
Emily Dickinson describió una experiencia poética como ‘esa cosa con plumas que se posa en el alma y canta la melodía sin las palabras, y nunca se detiene.’ Esta metáfora resuena en mi obra fotográfica, donde las imágenes de gran grano ofrecen una visualidad onírica y oscura. Esta estética busca capturar la crudeza y la rusticidad en lo cotidiano y lo espiritual, en sintonía con fotógrafas como Graciela Iturbide, quien explora la intersección entre lo sagrado y lo mundano en sus estudios del paisaje y las culturas latinoamericanas.
El uso de película analógica confiere autenticidad y nostalgia a las imágenes, estableciendo una conexión emocional con el tema. Su visualidad también evoca un misterio y un sentido de asombro, como el de presenciar un momento mágico y ritual, resonando con la poesía visual que persigo.
Los sueños importan en mi proceso creativo, sirviendo como un puente entre el subconsciente y la creación consciente. En este sentido, estas fotografías pueden ser vistas como una exploración onírica de lo sagrado y lo profano, invitando, espero, al espectador a generar preguntas sobre lo que está observando.
Paralelamente a mi trabajo fotográfico, modelé en cerámica figuras de Minerva, la diosa romana asociada con la sabiduría y el olivo, inspirándome en antiguas representaciones etruscas. Utilicé técnicas antiguas y americanas de quema en hoyo, un método que se remonta a tiempos precolombinos y que refleja una conexión con la tierra y sus prácticas ancestrales. Durante el rito de la quema, se levantó una inmensa columna de humo, antítesis del barro, representando el cuidado de los campos y un llamado a conservar el legado campesino.
Al concluir la residencia, regalé estas Minervas a mis amigos Bruno, Mario, Gigino y Pino como amuletos protectores de sus campos. La ceremonia de quema se llevó a cabo entre los olivos de Bruno, y en el mismo hoyo se plantó un nuevo olivo. Este gesto de Bruno simbolizó la idea de continuidad y renacimiento. El humo reflejaba la crisis en el campo y la quema de Minervas como amuletos para su cuidado. Estos amuletos fueron envueltos en telas utilizadas durante el modelado en cerámica, retazos de algodón manchados con tierra y amarrados con hilos rojos, negros y blancos, trenzados como cordillera.
El oficio de la cerámica me ha enseñado a pensar con las manos, a pensar en las manos del pasado, y a trabajar directamente con el paisaje, es decir, con la tierra. Esta práctica me mostró el humo como un canal, no de catástrofe, sino como parte elemental de uno de los oficios más antiguos conocidos por la humanidad. Este gesto se conecta con el del volcán de la tierra donde hoy vivo. La quema es un volcán invertido; el fuego, el humo y las cenizas posteriores aluden a procesos de fusión, purificación y trascendencia, así como a la fortaleza para volver a la génesis de la vida.
Finalmente Humo explora la relación simbiótica entre los humanos y la naturaleza a través del olivo y su trabajo. Fotografías de humos campesinos actúan como mensajes de cuidado y de paz, documentando una práctica cultural y resaltando la importancia de preservar legados antiguos. Más allá de lo visible, este trabajo busca las fuerzas invisibles en el paisaje, reflexionando sobre nuestra interdependencia con la naturaleza y haciendo un llamado a valorar nuestra conexión con la tierra y nuestras historias. Humo ha sido un camino de cruces y junturas que nos invita a explorar nuestro lugar en la continuidad de la historia, la naturaleza y la cultura.
He encontrado en el humo, al igual que en el barro, la apertura necesaria para pensar en la crisis de lo venidero, con toda la inmensidad, todo el misterio y todo el cuidado que significa. Quisiera seguir esta deriva abrazando las reflexiones campesinas, aprendiendo a conversar con el viento como lo hace Gigino en el monte. Recolectando las palabras que viven en la mitología, para pensar el devenir y continuar aprendiendo a mirar siempre de frente el pasado como guía.
Muchas preguntas se disparan en este final, las que comparto para hacerlas colectivas
¿Cómo podemos preservar las tradiciones ancestrales en un mundo cada vez más desconectado de sus raíces?
¿Qué simbolismos naturales perduran en nuestra cultura y cómo nos afectan?
¿Cuál es el impacto del cambio climático en las prácticas agrícolas tradicionales?
¿Cómo podemos equilibrar el progreso y la conservación de nuestro patrimonio natural?
¿Qué papel juegan las historias y legados familiares en la resiliencia de nuestras comunidades?
Bibliografía 1. Dickinson, Emily. «Hope is the thing with feathers.» En The Complete Poems of Emily Dickinson. Little, Brown and Company, 1924. 2. Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de símbolos. Ediciones Siruela, 2006. 3. Jaffe, Aniela. Símbolos en la vida y en el arte. Fondo de Cultura Económica, 1991. 4. Dean, Tacita. «Sobre los paisajes y el tiempo.» En La vida de las cosas. Ediciones Turner, 2010. 5. Bachelard, Gaston. La llama de una vela. Fondo de Cultura Económica, 2009. 6. Teillier, Jorge. «Para un poeta antiguo.» En Que la tierra te sea leve: antología poética. Ediciones Universidad Diego Portales, 2016. 7. Iturbide, Graciela. Graciela Iturbide’s Mexico: Photographs. Museum of Fine Arts, 2007. 8. Mistral, Gabriela. «La Tierra.» En Desolación. Ediciones Ercilla, 1922. Nota: Algunas de las fuentes mencionadas en el texto, como las experiencias personales y las conversaciones con los agricultores, no corresponden a textos publicados, por lo tanto, no pueden ser citadas de manera convencional.